Capitulo 106 – Eve Roger (Parte 2)
Habían pasado unos días desde aquella noche en el parque. Todavía llevaba conmigo la imagen de Cody enfrentando a esos chicos, la seguridad con la que se movía, la manera en que me protegió sin dudar. Cada vez que lo recordaba, sentía un cosquilleo extraño en el pecho, una mezcla de miedo y admiración que no sabía cómo manejar.
Ese mediodía, mientras guardaba mis cosas en el salón, Cody se acercó con esa naturalidad que parecía haberse convertido en parte de él.
"¿Quieres ir a almorzar?" me preguntó, como si fuera lo más sencillo del mundo.
Asentí, y juntos caminamos hacia la cafetería. El lugar estaba lleno, como siempre, con el ruido de conversaciones mezclándose con el olor a comida rápida. Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, y pronto la plática comenzó.
Hablamos de la escuela, de las reglas absurdas que parecían inventadas solo para fastidiarnos, de los profesores que repetían las mismas frases año tras año. Cody hacía comentarios sarcásticos que me hacían reír, y yo respondía con observaciones que parecían sorprenderlo. Era fácil hablar con él, como si el tiempo se doblara y todo lo demás dejara de importar.
En medio de la conversación, Kevin apareció. Se acercó con su bandeja y se sentó frente a nosotros, saludando con esa sonrisa que siempre parecía esconder algo.
"¿Qué hacen?" preguntó, mirando a Cody y luego a mí.
"Comiendo" respondió Cody con una media sonrisa.
Kevin se unió a la plática, y pronto estábamos riendo de cosas triviales. Él hablaba de las normas de la escuela, de cómo siempre encontraba la manera de romperlas sin que lo atraparan. Cody lo escuchaba, a veces respondiendo con bromas, a veces con comentarios más serios. Yo me limitaba a observarlos, disfrutando de la dinámica.
Cuando llegó el momento de pagar, Cody se adelantó. Sacó dinero y cubrió todo sin siquiera pensarlo. Yo lo miré, sorprendida, pero él solo me devolvió una sonrisa tranquila, como si fuera lo más natural del mundo.
***
POV de Kevin
Kevin se recostó en la silla, observando la escena con atención. No podía evitar notar cómo Eve lo miraba, cómo sus gestos cambiaban cuando Cody hablaba, cómo su risa parecía más ligera cuando estaba con él.
Se inclinó hacia Cody, bajando la voz lo suficiente para que solo él lo escuchara.
"Está ganchada por ti" dijo con una sonrisa ladeada, como si fuera una broma, pero con la intención clara de provocar.
Cody no respondió con palabras. Solo sonrió, esa sonrisa tranquila que parecía esconder más de lo que mostraba. Sus ojos siguieron a Eve mientras se levantaba de la mesa, caminando hacia la salida.
Kevin lo observó y soltó una risa breve. Cody no apartaba la mirada del trasero de Eve, y aunque intentaba mantenerla seria, era evidente que estaba disfrutando del momento.
"Ni disimulas" murmuró Kevin, divertido, al ver cómo Cody la seguía con los ojos, incluso cuando ella ya estaba cruzando la puerta.
***
Volví a mirar hacia atrás, y lo vi sonriendo. No dijo nada, pero su mirada me siguió hasta que crucé la puerta. Sentí un calor extraño recorrerme, como si esa sonrisa hubiera quedado grabada en mí.
No sabía qué significaba todo aquello, pero sí sabía que algo estaba cambiando. Y aunque parte de mí temía lo que podía venir, otra parte no quería detenerlo.
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Las horas de clase transcurrieron con una calma extraña. No era que las materias fueran más fáciles ni que los profesores estuvieran menos exigentes, era que Cody estaba ahí, sentado a mi lado, y eso hacía que todo se sintiera distinto. Antes, cada lección era un peso, una rutina que me arrastraba sin sentido. Ahora, con él cerca, los minutos parecían más ligeros.
Nos ayudábamos mutuamente en los ejercicios. Cuando yo me perdía en un problema de matemáticas, él inclinaba su cuaderno hacia mí y me mostraba el procedimiento con paciencia. Cuando él dudaba en historia, yo le señalaba la respuesta en mis apuntes. Era un intercambio sencillo, pero en cada gesto había una complicidad que no necesitaba palabras.
A veces, entre fórmulas y fechas, nos permitíamos bromas en voz baja. Cody dibujaba caricaturas rápidas en la esquina de la hoja, exagerando los gestos del profesor, y yo no podía evitar reír. Esa risa, que tantas veces había estado ausente en mi vida, aparecía sin que yo la buscara.
El roce de nuestras manos al tomar el mismo lápiz fue mínimo, pero suficiente para que mi corazón se acelerara. Él sonrió, como si hubiera notado mi reacción, y yo desvié la mirada, fingiendo concentración en el cuaderno.
La campana sonó, anunciando el final de la jornada. Los demás salieron con prisa, pero yo me quedé recogiendo mis cosas con calma. Cody me miraba, como esperando que dijera algo. Sabía que él estaba acostumbrado a que lo invitara al parque, pero esa idea ya no me atraía. El parque había sido mi refugio, pero ahora sentía que necesitaba compartir con él un espacio más íntimo, más mío.
Respiré hondo y me armé de valor.
"¿Quieres venir a mi casa esta noche?" dije, tratando de sonar casual, aunque por dentro estaba nerviosa.
Él arqueó una ceja, sorprendido, y luego sonrió.
"¿Tu casa, en la noche?"
Asentí. "Ya no quiero ir al parque. Prefiero que vengas conmigo."
Cody guardó sus cosas y se levantó con esa seguridad que parecía acompañarlo siempre.
"Está bien. Nos vemos más tarde entonces."
En ese momento, sentí que algo cambiaba. Invitarlo a mi casa no era lo mismo que compartir un espacio público. Era abrirle la puerta a mi mundo, a mi vida con Grace y Odette, a mis rincones privados. Era un paso más allá, un gesto que decía más de lo que mis palabras podían expresar.
Mientras caminábamos juntos hacia la salida, no podía dejar de pensar en lo que vendría. No sabía cómo reaccionarían las chicas al verlo, ni cómo sería tenerlo en mi habitación, en el lugar donde guardaba mis dibujos, mis secretos, mi refugio más íntimo. Pero, por primera vez, no me importaba el riesgo. Quería que estuviera ahí, conmigo, esa noche.
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En mi habitación, el espejo reflejaba una versión de mí que pocas veces dejaba salir. Me estaba arreglando con más cuidado de lo habitual, peinando mi cabello con paciencia y eligiendo una blusa que no solía usar para la escuela. No era un cambio radical, pero sí lo suficiente para que yo misma notara la diferencia. Mientras me miraba, me preguntaba si realmente valía la pena, si Cody se daría cuenta, si no era ridículo intentar verme distinta solo porque él vendría.
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. Era Odette, con esa energía que siempre parecía llenar cualquier espacio.
"Eve, baja ya. Un chico atractivo está preguntando por ti" dijo con una sonrisa traviesa.
Sentí cómo el calor me subía al rostro. No necesitaba que me dijera quién era. Cody había llegado.
Tomé aire y salí de la habitación. Al bajar las escaleras, escuché risas provenientes de la sala. Reconocí la voz de Grace, mezclada con la de Cody. Conversaban como si se conocieran de toda la vida, y eso me sorprendió. Grace no solía abrirse tan rápido con nadie.
Al entrar, los vi juntos. Grace estaba recostada en el sillón, riendo por algo que Cody había dicho, y él parecía completamente cómodo, como si el estudio de tatuajes fuera un lugar familiar para él.
"Cody, ellas son Grace y Odette" dije, tratando de sonar natural.
Él se levantó y las saludó con esa seguridad que parecía acompañarlo siempre. Grace le devolvió el saludo con una sonrisa, y Odette, por supuesto, no perdió la oportunidad de bromear.
"Así que tú eres Cody" dijo, mirándolo de arriba abajo. "Eve no suele arreglarse tanto. Será que quiere que alguien la vea hermosa. ¿Qué opinas tú?"
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Mi rostro ardía, y por un segundo deseé desaparecer.
Cody, sin perder la calma, respondió con una sonrisa tranquila.
"Ella siempre se ve hermosa."
El silencio que siguió fue breve, pero para mí se sintió eterno. Grace levantó las cejas, divertida, y Odette soltó una carcajada. Yo, incapaz de sostener la mirada, bajé la cabeza, intentando ocultar el rubor que me traicionaba.
"Vamos" dije rápidamente, tomando a Cody del brazo. "Te muestro mi habitación."
Lo llevé conmigo, alejándolo de las bromas de Grace y Odette. Mi corazón latía con fuerza, no solo por lo que él había dicho, sino porque, por primera vez, alguien me había defendido de esas bromas con palabras que no sonaban a juego.
Al cerrar la puerta de mi habitación detrás de nosotros, sentí que el mundo se reducía a ese espacio pequeño, a él y a mí.
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Mi habitación esa noche parecía distinta. No era que hubiera cambiado nada en ella: los mismos pósters en las paredes, los dibujos apilados en la mesa, la cama con las sábanas arrugadas. Pero la presencia de Cody lo transformaba todo. Estaba sentado en el suelo, frente a la televisión, con un control en las manos y esa sonrisa que parecía llenar el espacio. Yo me acomodé a su lado, con otro control, y comenzamos a jugar.
El videojuego era uno de esos clásicos que nunca pasaban de moda. La música repetitiva llenaba el ambiente, y los colores brillantes de la pantalla se reflejaban en su rostro. Al principio todo era simple: risas, bromas, competencia. Cada vez que él ganaba, levantaba los brazos como si hubiera conquistado el mundo, exagerando su victoria con un gesto teatral que me hacía reír. Yo respondía con empujones suaves, fingiendo molestia, aunque en realidad disfrutaba de cada segundo. Cuando yo lograba vencerlo, él se inclinaba hacia mí, riendo, diciendo que había hecho trampa.
No hablábamos de nada trascendental, pero eso era lo que lo hacía especial. Comentábamos sobre lo ridículo de los personajes del juego, sobre cómo uno de ellos parecía moverse como si estuviera borracho, o cómo otro gritaba frases absurdas que nos hacían soltar carcajadas. Cody imitaba las voces, exagerando los gestos, y yo no podía evitar reír hasta que me dolía el estómago.
En medio de las partidas, la conversación se desviaba hacia cosas más personales, pero siempre con un tono ligero. Hablamos de la escuela, de los profesores que parecían vivir para arruinarnos la vida, de los compañeros que hacían bromas pesadas. Cody contaba anécdotas con tanta naturalidad que me hacía olvidar por completo mis preocupaciones. Yo lo escuchaba, y a veces me sorprendía respondiendo con comentarios que lo hacían reír.
Hubo momentos en los que me sonrojé sin poder evitarlo. Como cuando él me dijo que tenía una "cara de concentración" demasiado graciosa al jugar, y que parecía que estaba resolviendo un problema de física en lugar de un videojuego. O cuando me miró de reojo y dijo que mi risa era contagiosa, que hacía que todo se sintiera más fácil. No eran frases románticas, pero en su voz tenían un peso distinto, y yo sentía el calor subir a mis mejillas.
El roce de nuestros hombros, las miradas que se prolongaban más de lo necesario, las carcajadas compartidas... todo era un juego, pero también era algo más. Había un coqueteo implícito en cada gesto, en cada palabra.
La partida continuó, pero mi atención estaba dividida. No podía dejar de notar lo cerca que estaba, el calor de su cuerpo, la manera en que su voz llenaba el espacio. Cada vez que nuestras manos se encontraban en el control, mi corazón se aceleraba.
En un momento, mientras discutíamos quién había ganado realmente la partida, él se inclinó hacia mí. La distancia entre nosotros se redujo, y antes de que pudiera pensar demasiado, sus labios rozaron los míos. Fue un beso breve al inicio, tímido, como una pregunta. Pero pronto se convirtió en una respuesta clara.
Nos besamos con intensidad, como si todo lo que habíamos contenido hasta ese momento se liberara de golpe. Mis manos se aferraron a su camiseta, las suyas recorrieron mi espalda con suavidad. El mundo se redujo a ese instante, a la sensación de su boca contra la mía, al calor que me envolvía.
El faje fue intenso, cargado de esa mezcla de nervios y deseo que acompaña a un primer beso verdadero. No había prisa, pero tampoco había pausa. Cada movimiento era una exploración, cada caricia un descubrimiento. Sentía que mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo, y que mi piel ardía bajo sus manos.
La televisión seguía encendida, mostrando personajes inmóviles, pero nosotros estábamos en otro mundo. Un mundo donde solo existían nuestros besos, nuestras manos, nuestros cuerpos buscando conexión.
De pronto, un sonido rompió la magia. La alarma de Cody comenzó a sonar, insistente, recordándole que debía irse. Nos separamos con dificultad, respirando agitados, mirándonos a los ojos como si quisiéramos detener el tiempo.
Él sonrió, con esa calma que parecía siempre acompañarlo.
"Debo irme" dijo en voz baja.
Asentí, aunque parte de mí quería pedirle que se quedara. Lo acompañé hasta la puerta, y antes de salir, me dio un último beso, más suave, más lento, como una promesa silenciosa.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, me quedé apoyada contra la pared, con el rostro ardiendo y el corazón desbocado. Estaba sonrojada, confundida, emocionada.
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Los días posteriores a aquella noche en mi habitación transcurrieron con una mezcla de calma y ansiedad. La rutina escolar seguía siendo la misma: clases interminables, pasillos llenos de ruido, profesores repitiendo las mismas frases de siempre. Pero para mí, todo se sentía distinto. Cody estaba presente en cada pensamiento, en cada rincón de la escuela. No podía evitarlo.
Una mañana, mientras caminaba por el pasillo rumbo a mi clase, lo vi. Cody estaba hablando con la profesora de música. Ella sonreía, inclinándose hacia él con un gesto coqueto, y él parecía completamente cómodo, como si la conversación fuera natural. Me detuve unos segundos, observándolos desde la distancia. Sentí un nudo en el estómago. No era rabia, pero sí una punzada de celos. La profesora era joven, atractiva, voluptuosa, sexy y parecía disfrutar de su compañía.
Me odié un poco por sentirlo, pero no pude evitarlo. Parte de mí temía que Cody pudiera interesarse en alguien más, alguien que no cargara con cicatrices ni inseguridades. Bajé la mirada y seguí caminando, intentando convencerme de que no significaba nada.
Más tarde, durante el almuerzo, Cody se acercó a mi mesa. Se sentó frente a mí con esa naturalidad que parecía acompañarlo siempre.
"¿Todo bien?" preguntó, como si hubiera notado mi silencio.
Asentí, aunque mi mente seguía recordando la escena con la profesora. Él comenzó a hablar de cosas triviales, de cómo Kevin lo había estado molestando con bromas, de lo aburrida que había sido la clase de matemáticas. Poco a poco, la conversación me fue relajando.
En medio de las risas, Cody cambió el tema.
"Estaba pensando... ¿quieres unirte a una banda?" dijo, mirándome con seriedad.
Lo miré, sorprendida. "¿Una banda?"
"Sí. Kevin y yo estamos armando algo para el evento escolar. Necesitamos alguien que pueda darle un toque especial. Y pensé en ti."
Sentí que el corazón me daba un salto. La idea me emocionaba, pero también me asustaba. Apenas tenía tiempo para prepararme, y la presión de un evento escolar no era poca cosa.
"No sé si pueda" respondí, bajando la mirada. "No tengo mucho tiempo para practicar."
Cody sonrió, inclinándose hacia mí. "No necesitas ser perfecta. Solo sé tú. Eso es suficiente."
Sus palabras me hicieron sonrojar. Había algo en la manera en que me miraba que me hacía sentir capaz, incluso cuando yo dudaba de mí misma.
Finalmente asentí. "Está bien. Lo intentaré."
Él sonrió, satisfecho, y seguimos conversando sobre cómo sería la banda, qué canciones podrían tocar, cómo se organizarían. La emoción comenzó a crecer dentro de mí, mezclada con el nerviosismo.
Cuando terminó el almuerzo, salimos juntos de la escuela. El aire fresco me ayudó a despejarme, pero la conversación se volvió más íntima.
"¿Qué somos?" pregunté en voz baja, sin mirarlo directamente.
Cody guardó silencio unos segundos. "No lo sé. No quiero ponerle nombre todavía. Pero sé que me gusta estar contigo."
Sus palabras no eran una definición, pero tampoco eran un rechazo. Me bastaron. Nos detuvimos en la entrada, y él me tomó de la mano. El beso que siguió fue suave al inicio, pero pronto se volvió más profundo, cargado de esa intensidad que parecía acompañar cada momento entre nosotros.
Cuando nos separamos, sentí que el mundo se había detenido.
Él me acompañó a casa, caminando a mi lado en silencio. No necesitábamos hablar. El simple hecho de estar juntos era suficiente.
Al llegar, me despedí con una sonrisa tímida, y lo vi alejarse. Mi corazón seguía latiendo con fuerza, y supe que, aunque nuestra relación no tuviera nombre, estaba creciendo en un terreno que ninguno de los dos podía ignorar.
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Al abrir la puerta de la casa, lo primero que sentí fue el aire pesado de una discusión. Las voces de Grace y Odette se mezclaban en un tono alto, cargado de frustración. Me detuve un instante, y Cody, que venía conmigo, también se quedó en silencio.
Al entrar en la sala, ambas se giraron hacia nosotros. La sorpresa fue evidente. Grace arqueó las cejas, como si no esperara verme acompañada, y Odette sonrió con esa mezcla de curiosidad y picardía que siempre la caracterizaba.
"¿Y esto?" dijo Odette, mirando a Cody de arriba abajo.
No tuve tiempo de responder. La discusión volvió a encenderse. Grace hablaba de cuentas atrasadas, de lo difícil que estaba siendo mantener el estudio de tatuajes, de la moto descompuesta que le impedía moverse para conseguir más trabajo. Odette replicaba con dureza, insistiendo en que no podían seguir así, que todo se estaba complicando demasiado.
El nudo en mi estómago se hizo más fuerte. Antes de pensarlo demasiado, hablé.
"Puedo dejar la escuela" dije, con la voz firme aunque por dentro temblaba. "Así tendría tiempo para ayudar más en el estudio, para trabajar. No quiero que sigan así."
El silencio fue inmediato. Grace me miró como si no pudiera creer lo que acababa de decir.
"¿Qué?" respondió, con un tono que mezclaba sorpresa y enojo. "¿Dejar la escuela? ¡Eve, no! No voy a permitirlo."
"Pero ustedes necesitan ayuda" insistí. "Yo puedo hacerlo. No quiero ser una carga."
Grace se levantó de golpe, su voz subió aún más. "¡No digas eso! No eres una carga. No voy a dejar que tires tu futuro por esto."
La tensión creció, y yo sentí que mis palabras solo empeoraban todo. Fue entonces cuando Cody intervino.
Se adelantó con calma, su voz firme pero respetuosa. "Ya basta. No van a resolver nada peleando así."
Grace lo miró, sorprendida por su tono. Odette también guardó silencio.
Cody continuó, con esa serenidad que parecía siempre acompañarlo. "Eve no debe dejar la escuela. No es la solución. Pero tampoco es justo que ustedes carguen con todo solas. Si siguen discutiendo, no van a encontrar salida. Tranquilícense."
Sus palabras no eran un regaño, eran un recordatorio. La tensión comenzó a bajar poco a poco. Grace respiró hondo, Odette se recostó en el sillón, y yo sentí que el aire volvía a fluir.
Cuando todo estuvo más calmado, Cody se giró hacia la moto que estaba en la cochera. Se acercó, la observó con atención, y después de unos segundos dijo: "Puedo revisarla. Soy bueno reparando cosas. Tal vez pueda hacerla funcionar."
Grace lo miró con incredulidad. "¿Tú? ¿Sabes de mecánica?"
"Un poco" respondió con una sonrisa tranquila. "Déjenme intentarlo."
Se arrodilló junto a la moto, sacó herramientas improvisadas y comenzó a trabajar. Sus movimientos eran seguros, precisos, como si supiera exactamente qué hacer. El sonido metálico de piezas ajustándose llenó el ambiente, y nosotras lo observábamos en silencio.
Al cabo de un rato, el motor rugió débilmente, luego con más fuerza. La moto volvió a encender. Grace abrió los ojos con sorpresa, Odette soltó una carcajada, y yo me quedé mirando, impresionada.
"Eres increíble" dijo Odette, acercándose y dándole un beso en la mejilla.
Sentí un calor extraño recorrerme. No era rabia, pero sí una punzada de celos. Verla tan cerca de él, tan cómoda, me hizo apretar los labios. Cody sonrió, como si no le diera importancia, pero yo no pude evitar que mi corazón se agitara.
Grace también se acercó, agradecida, y por primera vez en mucho tiempo, la tensión en la casa se disipó. La moto estaba funcionando, y aunque los problemas económicos seguían ahí, al menos había una pequeña victoria que nos devolvía esperanza.
Yo me quedé en silencio, observando a Cody. No solo había calmado la discusión, también había hecho algo que parecía imposible. Y aunque Odette había sido rápida en mostrar su gratitud, yo sabía que lo que sentía era distinto. Para mí, no era solo admiración.
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