Ficool

Chapter 79 - Capitulo 77

LUCÍA.

Estaba bajando las escaleras con una mano en el barandal y la otra en mi vientre, aún medio dormida, cuando escuché las voces familiares y el revuelo en la sala. Reconocí la risa grave del tío Alejandro antes de girar en la esquina del último escalón, y ahí estaban: él, con su uniforme relajado pero impecable como siempre, y la tía Marcela, con su bolso grande y esa energía que llenaba cualquier cuarto al que entraba.

—¡Tíos! —dije, sonriendo de inmediato mientras me acercaba a abrazarlos.

—Escuchamos que la familia de Evan ya está aquí —dijo el tío Alejandro mientras me abrazaba con fuerza pero con cuidado por la panza—. Y que compraron casa. ¿Cómo no íbamos a venir?

—Además —añadió la tía Marcela—, queríamos conocer por fin a la famosa familia Callahan. Y bueno, ayudarte en lo que necesiten, sobrina.

Apenas terminaron de hablar, Emily y Robert se acercaron. Ambos con sonrisas amables, como siempre, pero con ese toque de genuina emoción que solo vi cuando se reencontraron con Evan meses atrás.

—Es un verdadero gusto conocerlos por fin —dijo Emily estrechando la mano de mi tío—. He oído mucho de usted, coronel. Gracias por todo lo que hizo por Evan.

—Sí, sinceramente —añadió Robert, dándole una palmada amistosa en el hombro—. Sin su ayuda, no sabemos cuánto más habría tardado todo este proceso. Fue… un alivio saber que alguien con su rango se encargó de mantenerlo todo bajo llave.

El tío Alejandro asintió, con esa expresión seria y firme que siempre ha tenido en temas delicados.

—No tienen que agradecerme. Ese muchacho ha pasado por demasiado como para exponerlo otra vez. Hice lo que tenía que hacerse. Y si en algo puedo seguir ayudando, cuenten conmigo.

—Y conmigo —dijo Marcela—, que en esta casa siempre me dan café del bueno y comida deliciosa. ¿Cómo no iba a venir?

Solté una risa suave, negando con la cabeza.

—Llegaron justo a tiempo. Hoy vamos a terminar de acomodar algunas cosas y decorar.

El tío Alejandro cruzó los brazos.

—¿Y dónde está el condenado que no me avisa que ya es dueño de casa?

Reí otra vez. Esa típica voz de mando, que aun con cariño sonaba como si pudiera levantar a medio batallón.

—Ya viene, ya viene… Evan salió temprano al centro comercial, pero en cualquier momento debe volver. Seguro les dará gusto verlos.

Mientras hablábamos, mis hermanas bajaban por las escaleras y se unían a la conversación. El ambiente se llenó de voces, risas y esa vibra cálida que solo la familia reunida puede dar. Aún medio adormilada, me di cuenta de que este día apenas comenzaba… y que teníamos mucho por delante.

Me senté en la mesa y lo primero que vi fue a mamá acercándose con un plato de desayuno en las manos y una sonrisa… rara. No rara en mal sentido, sino esa clase de sonrisa que alguien tiene cuando sabe algo que tú no sabes. Algo bueno, algo jugoso… o algo que muy posiblemente implique a mí. Me lo puso enfrente con una ternura exagerada, y antes de que pudiera agradecerle, vi cómo miraba de reojo a papá… y luego a Emily… y luego a Robert.

Todos… tenían la misma mirada.

—¿Qué están tramando? —pregunté con una ceja levantada, tomando el tenedor lentamente.

Mamá solo negó con la cabeza, fingiendo inocencia de una forma que casi la delataba por completo.

—Nada —dijo muy tranquila, pero con los labios apretados conteniendo una risa—. Solo que Evan dijo que nos llamaría con anticipación para que todos fuéramos a la casa. Ya sabes, para ayudarlo con las cosas.

—¿Las cosas? —pregunté dudando, llevándome el primer bocado a la boca—. ¿Qué cosas?

Mamá solo encogió los hombros y se fue a sentar como si no hubiera dicho nada extraño. La conversación siguió fluyendo alrededor de la mesa, pero yo… yo no podía dejar de pensar en esa mirada compartida. Todos sabían algo. Y ese algo era sobre Evan. Y claramente, no me lo querían decir.

De pronto sentí a alguien sentarse a mi lado. Miré y era Ana. Y apenas un segundo después, Sofía se sentó al otro lado. Ambas se me acercaron como si fueran dos espías en medio de una misión secreta, cubriéndome de los demás con sus cuerpos.

—¿Ya tienes el plan para proponerle entonces? —susurró Sofía con una mirada emocionada.

—¿Qué? No —susurré de vuelta, frunciendo el ceño—. ¡Se supone que anoche iba a medirle el dedo y me quedé dormida!

Ana soltó una risita, mientras se tapaba los labios con la mano.

—¿Y qué piensas hacer entonces? ¿Inventarte algo de la nada mañana? Porque mamá y papá se van pasado mañana. Tienen que estar presentes.

Me dejé caer ligeramente sobre la mesa, rascándome la frente en frustración.

—No lo sé. No tengo nada. Pensé que estos días tendría tiempo para pensar en eso, pero entre la casa, la pintura, los muebles, el jardín, frijolito, y... —suspiré profundamente— Evan está haciendo tantas cosas. ¿Cómo rayos voy a sorprenderlo con algo que esté a su nivel?

Ana me dio un pequeño codazo en el brazo.

—Tal vez no necesitas algo elaborado. Solo algo tuyo, sincero.

—Y si no se lo esperara, mejor —añadió Sofía—. Aunque entre nosotras… no sé por qué tengo la sensación de que él te ganará.

—No. —negué con una sonrisa determinada—. Yo le voy a ganar. Si no hoy… mañana en la noche como mucho.

Ambas se rieron bajito mientras robaban un bocado de mi desayuno, y aunque por dentro todavía sentía ese torbellino de estrés, no podía evitar sentirme... emocionada.

El sonido del celular rompió el murmullo de la conversación en la cocina. Todos revisaron los suyos por instinto, pero fue Emily quien habló primero, sacando el suyo del bolso.

—Es mío —dijo, apretando para contestar—. Es Evan.

De inmediato, todos se quedaron en silencio. Emily activó el altavoz y dejó el celular sobre la mesa. La voz de Evan llenó la cocina, con ese tono sereno pero ligeramente entusiasta que solo aparecía cuando algo le había salido justo como él quería.

—Hola, ya terminé. Compré todo lo de las habitaciones y la del bebé, como lo planeé —dijo del otro lado—. El camión ya va saliendo del centro comercial y yo voy delante de él. Llegará a la casa en menos de una hora, así que los espero allá para descargar todo.

Miré a mamá. Luego a papá. Después a Emily. Todos... tenían esa maldita sonrisa otra vez.

—Bueno —respondió Emily, con una sonrisa de oreja a oreja—. Allá estaremos, hijo. Descansa un poco mientras llegamos.

—Descansaré cuando la casa esté completa —bromeó Evan antes de cortar.

Me quedé unos segundos mirando el teléfono, cruzada de brazos, mientras mis hermanas me volvían a rodear como tiburonas que olieron sangre.

—¿Te suena como que está preparando algo? —preguntó Ana con una sonrisita sospechosa.

—Él siempre está preparando algo —bufé—. Pero yo también. Así que esto será una guerra justa. Ya lo verán.

—Claro, reina de la planificación —se burló Sofía, levantándose con su taza—. Pero por ahora, a cambiarse. Tenemos menos de una hora para llegar allá y fingir que no sabemos absolutamente nada.

Me levanté de mi asiento, tomando aire profundamente. Evan no era fácil de sorprender. Pero yo tampoco. Aún sin saber qué rayos estaba planeando, pensaba ganarle.

Aunque… algo en su voz me hizo pensar que quizá ya estaba un paso delante de mí.

Pero eso no me detendría.

La casa entera entró en movimiento como si hubieran tocado una alarma invisible. Todos se dispersaron para cambiarse, agarrar lo necesario, y yo me quedé sentada un momento en la silla, con las manos sobre la panza mientras veía a mamá y Emily revisar la hielera, metiendo botellas de agua, jugo, algunos sándwiches, frutas, incluso algo de pan dulce. Mamá dijo que lo preparó desde anoche "por si el idiota de tu novio se saltaba el desayuno". Y, honestamente, tenía razón. Evan seguramente sólo se comió ese miserable sándwich antes de salir, y conociéndolo, ha estado corriendo sin pausa desde que amaneció.

—Te ves cansada —dijo Emma, acercándose a mí con una mirada suave—. Vamos, te ayudamos.

Patricia ya venía con ella y entre las dos me ayudaron a levantarme con cuidado. Yo traté de no gruñir ni quejarme, pero mis piernas dolían, mi espalda también, y si me preguntaban, estaba a dos segundos de volver a la cama. Pero no, esto debía pasar hoy. Porque Evan se está esforzando más de lo que debería.

—¿Lista? —me preguntó Emma.

—Más me vale —respondí, forzando una sonrisa.

Bajar las escaleras fue como hacer senderismo en montaña. Patricia bajó primero, Emma se quedó a mi lado, y mamá ya nos esperaba al final con esa cara de "ya ves lo que se siente, ¿no?". Por supuesto que lo sabía, ella tuvo cuatro hijas. Cuatro. Yo apenas llevo uno y siento que tengo el cuerpo de una señora de ochenta.

Papá abrió la puerta del auto para mí y entre todos me acomodaron como si fuera una figura de porcelana. Emily se subió a mi lado y mamá fue copiloto con papá al volante. El otro carro —el de Paula— ya lo tenía Thomas, que se llevó a Cristian, Patricia y Emma. Mientras que mis hermanas, bien listas ellas, se subieron al auto de mis tíos Alejandro y Marcela, con quienes no habían parado de hablar desde que llegaron.

—¿Tienes todo? —preguntó papá mientras encendía el motor.

—Sí, solo falta que alguien me empuje emocionalmente para sobrevivir este día.

Todos rieron, y papá me dio una mirada por el espejo retrovisor.

Mamá, Emily y Robert tenían aún esa sonrisa maldita que me estaban dando desde hace rato.

Oh, sí. Algo se estaba cocinando… y yo, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ni idea.

Pero estaba lista para lo que fuera.

O al menos… eso quería creer.

El trayecto fue eterno. Siento que vi pasar mi juventud completa en lo que llegábamos. El tráfico estaba asqueroso, una fila de autos que no se movía ni con oraciones. En algún momento, dos conductores comenzaron a gritarse como si se les fuera la vida. Uno incluso bajó la ventanilla para decirle al otro que manejaba "como su suegra ebria". A lo que mamá, desde el asiento de adelante, dijo con toda la indignación del mundo:

—Por Dios, ¡son las diez de la mañana! ¿Qué no tienen nada mejor que hacer que darle dolores de cabeza a los demás?

Emily soltó una risa resignada desde mi lado.

—En Chicago a veces se pone igual. Lo bueno es que estamos lejos de la ciudad y no tenemos que movernos tanto. Trabajo cerca de casa, así que… tráfico, poco.

Mamá se giró apenas para verla de lado.

—Ojalá tener esa paz a veces. Pero no. Yo, muy brillante, decidí meterme a medicina y volverme cirujana. Así que, ni modo, que valga la pena el maldito estrés.

La conversación se perdió en comentarios casuales, todos tratando de hacer más soportable los minutos atrapados entre bocinazos y motores calientes. Y por fin, por fin, después de media hora… llegamos.

Papá se metió con cuidado al garaje —sólo caben dos autos— y en cuanto apagó el motor, abrió su puerta, se bajó y fue directo a ayudarme. Lo mismo hizo Emily. Estaba acostumbrada a que todos me trataran como si me fuera a romper, pero hoy no me quejé. Ya había pasado suficiente tiempo en el asiento como para sentir que mis piernas eran gelatina tibia.

—Con calma, cielo —dijo Emily mientras sostenía uno de mis brazos.

—Estoy bien —murmuré, aunque no sonaba muy convincente.

Mis tíos se bajaron del otro carro. Tía Marcela fue la primera en hablar, dando dos pasos hacia adelante con los ojos bien abiertos.

—¡Pero qué casa tan hermosa! —exclamó—. Y el jardín… ¡Mira eso, Alejandro!

Tío Alejandro se limitó a asentir con la cabeza, sonriendo. Su mirada fue directa a los bordes del césped, donde mamá, Emily y mis hermanas habían comenzado a plantar ayer. Pequeños montones de tierra bien colocados, líneas de plantas ya marcando su presencia. Aún faltaba mucho, claro, pero se notaba el cuidado.

—Mira nomás —añadió tía Marcela con tono orgulloso—, esas mujeres trabajaron en serio.

Yo asentí, mirando con cierta ternura cómo el jardín comenzaba a tomar forma. El aire olía a tierra húmeda, y aunque el sol ya comenzaba a picar, la mañana aún tenía esa frescura que se siente antes de que el calor se vuelva insoportable.

—Y todo esto, en un solo día —dije, más para mí misma.

Emily rió suavemente.

—Dale un par de semanas más, y será digno de revista.

Me aferré un poco al brazo de papá mientras me ayudaban a subir los pequeños escalones hasta la entrada de la casa. Miré hacia la calle, pero Evan todavía no aparecía. Ni rastro del camión.

—¿Llegamos muy temprano? —pregunté.

—Media hora antes —respondió papá—. Pero así tenemos tiempo de organizar qué se moverá primero.

—Y de que descanses un rato antes del caos —añadió Emily, dándome una palmadita en la espalda.

Suspiré y asentí. Me dolían las piernas, sí. Pero más que nada, sentía cómo algo dentro de mí se removía con una mezcla de emoción, nervios y ansiedad.

Abrí la puerta con la copia que Evan me dejó. La cerradura giró con un pequeño clic seco, y de inmediato el aire cerrado de la casa vacía nos dio la bienvenida. Apenas entramos, miré a todos por encima del hombro con una sonrisa traviesa.

—Pásenle… acomódense, si pueden —solté en tono de broma, señalando el interior casi vacío—. No hay ni una silla, pero al menos sombra sí hay.

—Y eso es más de lo que puedo decir del tráfico —dijo mamá mientras cruzaba el umbral, abanicándose con una mano. Emily soltó una risita.

—¿Dónde dejamos las hieleras? —preguntó papá desde atrás.

—Sobre la barra de la cocina, por ahora. Total, la mesa aún no existe —dije.

Caminé con cuidado hacia el centro de la sala, sintiendo mis pies pesados por el calor y el embarazo. Me detuve para mirar a mi tía Marcela, que observaba con ojos curiosos todo a su alrededor, como si intentara armar mentalmente la decoración final de cada espacio.

—Tía, sube a ver la habitación de frijolito —le dije con una sonrisa más suave—. Evan se esforzó mucho en pintarla… se va a emocionar si ve que tú también la miras.

—¡Ay, no me digas más! —respondió enseguida, animada—. ¡Claro que quiero verla!

Volteó de inmediato a su esposo, que se había quedado junto a la puerta observando el jardín por la ventana.

—Alejandro, vamos a subir.

—Ahorita subo —respondió él con tono pausado, medio sonriente, sin moverse.

El silencio se estiró un segundo... y entonces vino la mirada. Esa mirada de tía Marcela, afilada como bisturí pero con la dulzura de quien ya está harta de repetir lo mismo.

—Mi amor —dijo con una sonrisa apretada—, no te estoy preguntando si quieres subir ahorita. Te estoy diciendo que vamos a subir.

—Ah… sí, claro, sí —tosió Alejandro, enderezándose y comenzando a caminar detrás de ella como buen soldado bajo órdenes.

Yo solo atajé la risa y me apoyé en el marco de la puerta para verla subir las escaleras con energía renovada, como si no hubiera pasado una hora atrapados en tráfico. A veces, tía Marcela parecía tener el doble de pilas que todos nosotros juntos.

—Mujer decidida —susurró mi madre cerca de mí, apenas lo suficiente para que sólo yo la escuchara.

—Le aprendí a las mejores —le contesté, guiñándole un ojo mientras escuchábamos las pisadas firmes subir por la escalera de madera.

Un momento después, desde el piso de arriba, la voz emocionada de mi tía retumbó con fuerza:

—¡Pero qué belleza de cuarto! ¡Y ese color olivo, Dios mío, esto parece una revista!

Sonreí. Evan estaría feliz de escuchar eso cuando llegue.

Por supuesto, aquí continúa la narrativa de Lucía en primera persona:

Después de revisar las habitaciones y decidir más o menos dónde iría cada cosa según el orden que Evan nos dejó, mamá y yo nos tomamos un descanso en el porche. El sol ya estaba más arriba, sin quemar tanto como ayer, pero aún lo suficiente para hacernos entrecerrar los ojos.

—Entonces... hoy todo lo de arriba —dije en voz baja, repasando mentalmente. Las camas, roperos, escritorios, tocadores, lámparas, los muebles del pasillo… Incluso los escritorios para la oficina que Evan agregó a último minuto según su mensaje. Y mañana —resoplé, como si me preparara para una batalla— será la cocina, la sala, electrodomésticos, trastes, todo lo que hace funcionar una casa.

—Y los aires acondicionados —agregó mamá, como si leyera mi mente—. Y los televisores. Si no, nadie va a querer dormir aquí con este calor.

Solté una risita cansada. Justo en ese momento, como respuesta divina a todo el caos mental que se avecinaba, se escuchó el claxon del auto resonar desde la calle. Mamá y yo giramos de inmediato hacia el portón, justo a tiempo para ver mi auto llegar por la calle… y detrás de él, el enorme camión de carga que traía los muebles.

—Ahí está —dije sin poder ocultar la sonrisa que me invadió.

Evan bajó del auto apenas se estacionó al borde de la acera. Vestía con ropa cómoda, el cabello un poco desordenado, y una sonrisa tranquila, aunque con la frente un poco sudada. No tardó ni tres pasos en alzar la mano para saludar.

—¡Buenos días! —gritó desde la entrada mientras el camión maniobraba con cuidado para meterse de reversa al garaje.

—¡Ahí está el protagonista del día! —dijo mi tía Marcela desde adentro, asomándose por la puerta, justo cuando Evan se acercó.

Mi madre y yo bajamos los escalones del porche al mismo tiempo. Yo más lenta, claro, aunque la emoción me hacía querer avanzar más rápido.

—Llegó el héroe con el castillo amueblado —dije en broma apenas Evan llegó frente a mí.

—¿Así o más dramática? —dijo él, soltando una pequeña risa antes de inclinarse a darme un beso en la frente—. ¿Todo bien aquí?

—Todo tranquilo, nada más esperándote. ¿No desayunaste más que ese triste sándwich?

—Me lo comí mientras manejaba. No soy tan inútil como parezco.

—Mmh… discutible —le respondí, y mamá soltó una risa suave detrás de nosotros.

Los tíos bajaron poco después. El tío Alejandro se cruzó de brazos al ver el camión.

—Muchacho, nos dijeron que habías comprado casa, que tus padres estaban aquí, y pues dijimos: "hay que venir a ayudar".

—Me sorprende verlos, la verdad —dijo Evan, dándoles un abrazo rápido, uno a cada uno—. Pero me alegra muchísimo que estén aquí.

—Y nosotros felices. Siempre es bueno ver cómo el "soldado" se convierte en padre de familia —dijo Marcela con una mirada cómplice hacia mí—. ¿Lista para las locuras?

—Lista no, pero ya estoy aquí —dije, riendo un poco—. Así que vamos con todo.

En ese instante, se escuchó el portazo de la cabina del camión y dos trabajadores comenzaron a bajar. Evan se giró, activándose de inmediato.

—¡Perfecto! Vamos dividiendo quién se va con qué. Todo lo de las habitaciones arriba, pasillo también. Lo pesado después. Las camas se van a tardar más.

—¡Entonces manos a la obra! —gritó mamá, girándose hacia la casa—. ¡Paula, Sofía, Ana! ¡Hora de cargar!

—¡Y no quiero que se quejen! —añadió mi tía Marcela mientras se amarraba el cabello con una liguita que sacó de la muñeca—. Ya dijeron que venían a ayudar, así que cumplan.

—¡Como si tú no vinieras feliz por el chisme! —le respondió Sofía, soltando una carcajada, mientras todas comenzaban a avanzar hacia la parte trasera del camión donde los trabajadores ya abrían la compuerta.

Evan, con las manos sobre las caderas, les indicó con la voz clara y firme, como si estuviera dirigiendo una operación militar.

—Lo que está hasta el frente son las cosas de la habitación del bebé, así que váyanse con eso primero. No pesa tanto, así que ustedes pueden con eso sin problema. Tienen etiquetas con color verde, igual que las paredes de la habitación.

—¿Etiquetas con colores? —preguntó Emma alzando una ceja mientras caminaba hacia la parte trasera.

—¿Qué esperaban? —dije yo desde el porche, apoyándome en la baranda con una sonrisa de orgullo— Es Evan. No va a hacer esto sin logística.

—Me junte con una enfermera —respondió él desde abajo sin siquiera voltear—. El orden se me pegó por supervivencia.

Todas comenzaron a subir las cajas con los nombres marcados: repisas pequeñas, cojines decorativos, la alfombra, la mecedora, protectores para cuna, la lámpara de noche con forma de luna que yo quería tanto… Una por una iban desfilando hacia dentro de la casa. Emily, mamá y la tía Marcela también ayudaban, aunque mamá no cargaba mucho, más bien iba dirigiendo el tránsito como si se tratara de una coreografía.

—¡Cuidado con esa! Esa es la lámpara frágil —gritó Emily justo cuando Sofía tropezó un poco con el escalón de la entrada.

—¡Estoy bien, estoy bien! —contestó Sofía.

—Tú vas a ser la tía desastrosa, ¿verdad? —bromeó Patricia mientras le sostenía la puerta.

Mientras tanto, Evan le daba indicaciones a los hombres del camión para bajar el segundo grupo de muebles.

—Lo siguiente son los closets. Son pesados, así que que vengan Thomas, Cristian, el tío y papá —dijo, levantando la voz un poco para que lo escucharan—. Dentro de los closets están los ganchos y cajones ya empacados.

—¡Vamos! —dijo Thomas, quitándose la sudadera—. Hora de ganarse el desayuno.

Cristian se estiró los brazos con flojera.

—Ojalá esto cuente como rutina de gimnasio.

—Con lo que pesan esas cajas, cuenta como entrenamiento completo —contestó Evan, señalando dos de los muebles más grandes.

—¿Y las camas? —preguntó el tío Alejandro desde atrás, mirando las bases apoyadas contra el costado del camión.

—Van al final —respondió Evan—. Primero subimos closets, tocadores, mesas de noche, lámparas y luego sí, las bases de las camas y por último los colchones. No quiero que algo se raye o arruine porque metimos algo a la fuerza antes de tiempo.

—Ese es mi sobrino —dijo tía Marcela con orgullo fingido, haciendo que todos rieran mientras cargaba un cojín pequeño entre sus manos como si fuera una reliquia.

Papá y Robert pasaron justo frente a ella con uno de los closets más grandes, cada uno sujetándolo desde un extremo con cuidado. Evan les señaló la escalera.

—Ese va en la habitación principal —dijo, levantando la voz un poco para que lo escucharan.

—Ya lo tenemos —respondió papá con tranquilidad, y Robert añadió con una media sonrisa:

—Si este mueble rompe mis riñones, al menos que valga la pena verlo en tu cuarto armado.

—Les voy a comprar masajes si se rinden —bromeó Evan.

—No lo digas dos veces —gruñó papá mientras giraban con dificultad por el pasillo.

Cristian y Thomas se acercaron rápido para ayudar, asegurándose que el closet pasara por el marco de la puerta sin raspar la madera.

—Un poco más a la izquierda —dijo Cristian.

—No, tu izquierda —agregó Thomas con tono burlón, ganándose una mirada de "¿en serio?" por parte de Robert.

Mientras todos subían esa pieza, Evan bajó al porche justo cuando los dos trabajadores se acomodaban cerca del camión, preparando el siguiente lote.

—Vamos a dejar el resto aquí abajo —les indicó Evan—. Así se descarga todo y ustedes pueden retirarse cuando acaben.

Uno de ellos, un señor con gorra roja y camiseta con el logo de la tienda, asintió con una sonrisa.

—Nos parece bien. Esto ya pesa menos.

Justo entonces, mamá salió desde el interior de la casa cargando una charola con vasos desechables y varios sándwiches envueltos en servilletas. Se acercó con esa sonrisa amable que solo ella tiene.

—Al menos acepten esto, por favor —les dijo mientras les extendía las bebidas—. El dinero viene después, pero el agradecimiento es ahora.

Los dos hombres se miraron entre ellos y luego a ella, sonriendo agradecidos.

—Ya nos pagaron en la tienda, señora —respondió uno con voz amable—. Pero esto no lo rechaza nadie, muchas gracias.

—Qué bueno, porque no iba a aceptar un "no" —dijo ella, entregándoles también los sándwiches.

Mientras los trabajadores se acomodaban junto al auto para comer rápido antes de volver a subir al camión, Evan volvió a meterse a la parte trasera del vehículo para ayudar a empujar una de las bases de cama hacia el borde.

—¡Cuidado ahí! —gritó Sofía desde la entrada—. ¡No vayan a rayar la pintura nueva!

—No estamos tan idiotas —le respondió Thomas desde el segundo piso—. Bueno… al menos yo no.

—Yo tampoco —gritó Patricia desde adentro, riendo.

—Eso está por verse —murmuró Cristian justo detrás de ella.

Desde la escalera, tía Marcela volvió a hablar:

—¡Vamos, equipo! ¡Esto tiene que quedar hoy! ¡Ni una pieza queda sin instalar! Y si alguien tiene que dormir en colchón inflable hoy, que sea Evan, como penitencia por no habernos dejado descansar ni media semana.

—¡Yo solo quería que esto fuera rápido! —gritó él desde el camión, medio riendo mientras empujaba otra caja hacia la orilla.

—¡Y lo estás logrando! —le gritó mamá, con una sonrisa enorme—. Pero igual te vamos a acusar con Lucía si quedas con dolor de espalda.

Yo, desde el marco de la puerta, me crucé de brazos con una risa inevitable escapando de mis labios. Todo esto… era nuestro caos. Nuestra familia.

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