Ficool

Chapter 52 - capitulo 50

ROBERT.

—Frijolito... ¿Qué clase de apodo es ese? —dije, más por sorpresa que por otra cosa.

Miraba a todos en la sala, mi mirada aterrizando en Evan, quien estaba sentado al otro lado de la mesa, y luego a Lucía, que parecía tan tranquila, como si la situación fuera de lo más normal.

Lucía, al parecer, no se inmutó ante mi reacción y, con una sonrisa ligera, empezó a explicar.

—Evan fue quien lo dijo —respondió, encogiéndose de hombros—. Estaba conduciendo una vez, no recuerdo exactamente de qué estábamos hablando, pero él no dejaba de hablar, y luego, de la nada, nos señaló a mí y al bebé, y en vez de decir "hijo" o "feto" o cualquier cosa que se diga, soltó "frijolito". Así que... bueno, el apodo se quedó.

Mi mirada se desvió hacia Evan, que no parecía tan avergonzado como yo esperaba. Más bien, había algo en su expresión que indicaba que, aunque no lo admitiera, parecía estar un poco divertido con la historia.

—¿Frijolito, eh? —musité, aún sin creerlo. Sabía que las cosas iban a cambiar, que todo iba a ser diferente, pero este detalle me hizo sentir que, tal vez, aún había espacio para lo simple, lo humano. Un apodo tonto, pero significativo de alguna forma.

Lucía continuó, como si nada, aún mirando a Evan.

—Y bueno —dijo ella con tono relajado—, eso es todo por ahora. No sabremos si es niño o niña hasta dentro de varios meses, porque apenas tiene cinco semanas, así que mientras tanto, "frijolito" será el nombre de trabajo.

La sala se llenó de una risa ligera, la que rara vez se escuchaba cuando se trataba de nuestra familia. De alguna manera, todo lo que había sucedido en los últimos días, todas las revelaciones sobre Evan, sobre nuestra historia, de repente parecía más digerible en este momento. Tal vez un poco de humor, incluso en los momentos más oscuros, podría ser lo que necesitábamos.

Miré a Evan, y lo vi asintiendo lentamente, como si, por un instante, aceptara que, tal vez, esta era una de las formas en las que empezábamos a reconstruir lo que habíamos perdido. No sabíamos qué venía, o cómo lo íbamos a manejar, pero algo en el aire se había aligerado. Al menos por un momento, todo parecía… un poco más normal.

—Frijolito, eh —repetí en voz baja, sonriendo sin darme cuenta.

Emily, que había estado callada durante un rato, mirando cómo Lucía jugaba con el cabello de Evan, finalmente alzó la voz. No lo hizo con tono acusador, ni con esa frialdad que a veces usábamos los adultos cuando no entendíamos algo. Fue una pregunta sincera, honesta… y cargada de genuina preocupación.

—¿Cómo empezó esto? —preguntó, mirando a ambos con una mezcla de curiosidad y cautela—. No es que queramos juzgar por la diferencia de edad… sería hipócrita, además de ofensivo para ti —añadió, dirigiéndose directamente a Lucía—. Fuiste tú quien hizo tanto por él. Solo… queremos entender.

Lucía no se mostró incómoda ni a la defensiva. Jugaba con uno de los mechones de Evan, dividiendo su cabello con cuidado mientras comenzaba a trenzarlo con la naturalidad de quien lo ha hecho muchas veces. Y mientras lo hacía, sin dejar de mirar sus manos, respondió con calma.

—Van a cuestionar esto —dijo, con una sonrisa tenue, como si ya supiera cómo iba todo desde antes de llegar aquí—. Pero la verdad… esto apenas lleva un mes. Unos días antes de Navidad.

—¿Apenas un mes? —repetí en mi mente, sin decirlo en voz alta. Nos habíamos imaginado muchas cosas. Pero eso... no.

Lucía siguió hablando, mientras pasaba otro mechón entre sus dedos.

—Fue un conflicto mutuo —dijo, como si narrara una historia ajena a ella—. Mis padres, los demás... todos nos decían lo mismo: "no es amor, es dependencia", "es gratitud", porque Evan me salvó ese día en el ataque al hospital. Y sí... puede que algo de eso haya influido. Yo estuve con él cada día, cada noche, durante mes y medio. Lo cuidé cuando no despertaba. Lo vi en su peor momento, vulnerable, roto. Y antes del ataque… ya hablábamos. Interactuábamos mucho mientras se recuperaba. Pero no fue algo planeado.

Evan bajó la cabeza levemente, como si escucharse a través de ella lo hiciera más real, más expuesto. No la interrumpió. Solo respiraba lento, con ese gesto tenso que le habíamos visto desde que volvió.

Lucía lo miró de reojo y acarició su cabeza, como asegurándole que estaba bien.

—Evan tenía miedo —continuó—. Miedo a vivir. A tener una vida normal. A crear lazos. Le costaba dormir, comer, mirar a la gente sin pensar en mil posibles amenazas. Tenía miedo de que no pudiera ser alguien estable para nadie. Me decía que no sabía amar, que nunca había sentido algo así por nadie, que no sabía cómo ser pareja. Y lo entiendo… —hizo una pausa larga, y luego añadió—. Es ocho años menor que yo. Yo tengo veintiséis. Él, dieciocho. Nuestros mundos eran... diametralmente opuestos. Yo venía de una vida pacífica. Él de un infierno.

Me quedé mirando a Evan. Era tan joven. Pero no se notaba. No por su cuerpo, sino por su mirada. Había visto demasiado. Llevaba peso que ningún muchacho de su edad debería cargar.

—Me decía que no podría darme estabilidad, ni amor, ni un futuro... ni una familia —dijo Lucía, bajando el tono de voz—. Pero lo ha intentado. Lo intenta cada día, aunque no tenga experiencia, aunque tenga miedo. Aunque... el embarazo no estuviera en los planes.

Emily se tensó un poco a mi lado, pero no habló. Yo tampoco. Escuchar era lo único correcto.

—Esto, —Lucía acarició el vientre aún plano con un gesto inconsciente— no fue algo que planeamos. Ni ahora ni nunca. No sabíamos si lo nuestro podía funcionar siquiera. Vidas distintas. Experiencias diferentes. Pero... no me arrepiento. Y si pudiera volver atrás, haría todo igual.

Evan alzó un poco la cabeza entonces, lo justo para que su voz llegara con claridad.

—Yo tampoco me arrepiento —dijo, con esa voz suave, pero firme. Casi como si le costara admitirlo y al mismo tiempo necesitara hacerlo—. Pero si un día encuentro a una chica de mi edad... no se enojen. Tal vez sea más joven.

Lucía le dio un manazo ligero en el hombro, fingiendo estar ofendida, aunque sonreía.

—Idiota —murmuró entre risas.

La sala estalló en una risa contenida. Incluso Emily, que mantenía una postura más seria, sonrió levemente. Yo solo los miré. Miré a mi hijo, con su alma hecha trizas, intentando reconstruirse con retazos de una vida que apenas empezaba a conocer. Y miré a Lucía, esa mujer que no lo había soltado desde que volvió.

No sé qué vaya a pasar. No sé si esto funcionará. Pero… si alguien como él está intentando vivir de nuevo, amar, construir algo… entonces merece que al menos nosotros le demos la oportunidad de hacerlo sin cargar con más juicios.

—Frijolito —murmuré otra vez, sin querer. Y volví a sonreír.

El ambiente se había relajado. No del todo, claro, pero la tensión que se había instalado al inicio se deshacía poco a poco como el vapor de una taza caliente. Lucía y Evan seguían cerca, ella seguía trenzando con paciencia su cabello, y él ya no parecía tan a la defensiva, como si cada palabra, cada gesto que ella hacía, lo mantuviera en tierra firme.

Fue entonces cuando Lucía, con esa naturalidad con la que parecía hablar incluso de las cosas más delicadas, miró a Emma con una pequeña sonrisa curiosa.

—¿Y cómo van tus prácticas en la clínica pediátrica?

Emma parpadeó sorprendida.

—¿Cómo sabes eso?

Lucía se encogió de hombros, como si fuera lo más obvio del mundo.

—Investigamos, ¿recuerdan?

Emma se llevó una mano a la boca, conteniendo una risa.

—Ah, cierto…

Lucía se rió bajito, y Emma, más relajada, asintió.

—Van bien. Bueno, los niños son un caos, pero... me gusta. Es muy diferente a lo que imaginaba, pero en el buen sentido. ¿Y tú? ¿Dónde trabajas?

Lucía se acomodó en el sofá, apoyándose un poco más contra Evan, como si responder esa pregunta implicara hacer una pausa más íntima.

—Soy enfermera —dijo—. En el hospital donde trabaja mi mamá. Uno de los principales en Nueva York.

—¿En serio? —dijo Emma, sorprendida—. ¿Y tu mamá es…?

—Isabel Whitmore —respondió Lucía, medio bufando como si recordara algo incómodo—. Una de las jefas de departamento.

—¡¿Qué?! —Emma se echó un poco hacia adelante—. ¿La doctora Whitmore? ¡La he visto en conferencias en línea! Es una eminencia…

—Sí, sí —interrumpió Lucía con una mueca—, una eminencia que me regaña en cada pasillo y que me mete turnos dobles como castigo por no haberme convertido en médica como ella quería.

—¡Nooo! —Emma soltó una carcajada—. ¿En serio?

—Muy en serio. Me dice "enfermera por rebeldía" —dijo Lucía, imitando el tono elegante y autoritario de una mujer mayor—. Y luego me pone en guardias de madrugada "para que aprenda el sacrificio del personal de salud".

Evan soltó una risa leve, moviendo apenas los labios, y eso... eso fue raro. Raro y bueno. No era común verlo sonreír. Al menos no de esa forma tan… viva.

—Mi madre tiene una ética de trabajo que raya en lo militar —continuó Lucía—. Pero, al fondo, yo sé que se siente orgullosa. Solo que no lo va a admitir hasta que esté muriéndose y necesite que le cambie el suero.

Todos reímos. Incluso Emily, que ahora miraba a Lucía con ojos menos analíticos y más abiertos. Como si, al final, lo que más necesitábamos era justo eso: humanizarnos. Quitarnos los títulos, los miedos, los errores, y simplemente hablar.

Lucía tenía esa habilidad. Romper el hielo sin forzar nada. Conectar. Y entender. Algo me decía que si alguien podía caminar junto a Evan en esa selva mental que llevaba por dentro... era ella.

Emma la miraba fascinada.

—Wow… tienes muchas capas —le dijo con una sonrisa sincera.

Lucía se encogió de hombros.

—Solo soy una enfermera cansada, con una madre exigente, un embarazo sorpresa… y un novio con historial clasificado.

Evan ladeó la cabeza hacia ella.

—Eso suena como sinopsis de serie de televisión —murmuró.

—Y todavía no hemos llegado a la parte en la que adoptamos un perro y nos mudamos a una cabaña —añadió Lucía con tono soñador.

—Por favor que no sea en la nieve —dijo Evan—. No quiero lidiar con lobos.

—Ni con vecinos curiosos —agregué yo, sonriendo.

Y por primera vez desde que Evan cruzó esa puerta… sentí que hablábamos como familia.

Thomas, que había estado escuchando con atención, se inclinó un poco hacia Evan. Su voz fue suave, sin juicio, solo curiosidad genuina.

—¿Y la familia del niño…? Luis, ¿verdad? ¿Cómo fue todo con ellos?

Evan asintió, mirando hacia sus manos un momento antes de responder.

—Viven en California, en la costa. Familia grande, de esas que en las cenas ocupan dos mesas y aún así pelean por el último pedazo de pan. Tiene dos hermanos mayores. —Hizo una pausa—. Fue difícil decirles la verdad… ocho años tarde. Nadie debería enterarse así de lo que pasó con su hijo. Pero… parecieron agradecidos. A su manera. Me dejaron a mí y a Lucía pasar Año Nuevo con ellos.

Emily ladeó la cabeza, como si intentara imaginar cómo fue eso. Evan se recargó un poco en el respaldo.

—Y bueno —continuó con un suspiro—, fue justo en inicios de enero cuando nos enteramos que íbamos a ser padres. Una forma… intensa de empezar el año.

—¿Y el regreso? —pregunté, curioso.

Lucía soltó una risa casi cómplice.

—¡Horrible! —exclamó con tono teatral—. El viaje en auto de California a Nueva York fue una tortura. Hacíamos paradas cada rato por mis náuseas…

—Y porque yo estaba agotado de manejar —añadió Evan, sin tanto drama.

—Mentira —dijo Lucía, cruzándose de brazos—. Bueno, en parte sí, pero no era solo por el cansancio. Era por las heridas. No quería quejarse, pero estaba hecho polvo. La espalda, las piernas, el pie… apenas podía estirarse sin que se le notara el dolor.

Lo miró con cierta ternura.

—En vez de que él me diera masajes a mí por las náuseas, yo terminé haciéndole masajes a él. Así de mal estaba.

Emily frunció el ceño con una mezcla de preocupación y atención clínica.

—¿Estás bien ahora, Evan? ¿De las heridas? Nos dijiste que recibiste muchas…

Evan se tomó un segundo antes de responder. No como quien esconde algo, sino como quien elige bien las palabras.

—Sí. Algunas ya están completamente cerradas. Otras todavía pican o duelen al moverme, especialmente el pie. Pero estoy bien. O al menos, funcional. Aunque claro… los dolores fantasmas no desaparecen. Ya lo habían explicado, creo. Estar rodeado de una familia de médicos no es exactamente un alivio. A veces es más una tortura.

—¡Literal! —interrumpió Lucía, apuntándolo con una sonrisa exagerada—. Una vez casi me provoca un infarto.

—¿Qué pasó? —preguntó Emily, divertida.

—Vivíamos con ese miedo constante —explicó Lucía—. Yo tenía el presentimiento de que cualquier día él simplemente… se iría. Sin decir nada. No porque me quisiera dejar, sino porque así es él. Acostumbrado a desaparecer. A huir. Y una noche me desperté y él no estaba. Pensé lo peor.

Hizo una pausa, volviendo a mirar a Evan, pero esta vez con una mezcla de ternura y regaño.

—Me había dejado una nota. Una maldita nota. Pensé que era una despedida, una de esas que uno guarda con lágrimas…

—¿Y qué decía la nota? —preguntó Emily, casi susurrando.

—Decía que había salido a hacer ejercicio —dijo Lucía, echándose hacia atrás con una expresión de incredulidad divertida—. ¡A hacer ejercicio! Con el pie vendado, dolido, y con más puntos en el cuerpo que una libreta de primaria.

Yo no pude evitar soltar una carcajada breve, igual que Thomas. Incluso Emma sonrió, llevándose la mano al rostro.

—Vaya forma de infartar a alguien —dije con una risa seca.

Evan solo levantó una ceja, como si el drama no fuera para tanto.

—Tenía que mover el cuerpo —murmuró—. Sentirme… normal.

—Y casi me matas en el intento —replicó Lucía, pero sin enojo.

En ese instante, todo se sintió más claro. No eran una pareja cualquiera. No estaban juntos solo por impulso o por drama. Eran dos sobrevivientes, intentando construir algo en medio del caos. Y aunque el pasado de Evan era oscuro y el presente de ambos una locura… se sostenían.

De alguna forma, se sostenían.

Yo me apoyé en la mesa con los brazos cruzados, aún procesando todo lo que Evan y Lucía habían compartido. Había algo profundamente humano en cómo lo contaban, sin adornos, sin buscar impresionar a nadie. Solo eran ellos, tal como eran. Entonces, volví la mirada hacia Lucía.

—¿Y tus padres? ¿Qué dijeron cuando supieron lo de ustedes?

Lucía suspiró, como quien se prepara para abrir otra caja llena de emociones.

—Al principio... se preocuparon más por Evan que por mí, en realidad. —Sonrió un poco, no con reproche, más bien con comprensión—. Sabían por su historia, por lo que había vivido, que en algún momento él… podría irse. Que cuando terminara de recuperarse, se iría. Mis padres me advirtieron que podría pasar. No por maldad, sino porque él no estaba hecho para quedarse.

Todos guardamos silencio. Evan bajó la mirada por un momento, pero no negó nada.

—Y cuando les dije que lo amaba, que esto no era sólo algo pasajero, me dijeron que tal vez lo confundía con gratitud. Que eso a veces se disfraza de amor. Que podía ser dependencia. Y quizás sí lo fue un poco —admitió Lucía, con honestidad—. Pero también había algo más, algo que fue creciendo. Y cuando él… cuando Evan les contó su historia completa, lo aceptaron.

Emma la observó con curiosidad.

—¿De verdad?

—Sí —asintió Lucía—. Mi papá es médico militar. Sabe lo que es vivir con traumas. Entiende lo que significa despertarte con una pesadilla que ni siquiera sabías que tenías. Escuchar un sonido y sentirte otra vez en medio del infierno. Cuando Evan habló con él… fue como si mi papá viera una versión más joven de sí mismo. No lo dijo, pero se le notó.

Evan se aclaró la garganta, incómodo por tanto foco sobre él.

—Yo solo… quería que supieran quién era. Lo que había vivido. No tenía sentido fingir.

—Y mi mamá también lo entendió —continuó Lucía—. Más por su edad. Evan tiene dieciocho, pero vivió cosas que muchos no verán ni a los cincuenta. Cuando les explicó todo, dejaron de preguntarse si era un impulso mío o si él me estaba usando… y comenzaron a verlo como alguien que también necesitaba un hogar. Incluso si aún no lo sabe.

—¿Y tus hermanas? —preguntó Thomas con una ceja levantada.

Lucía soltó una risa.

—Tengo tres. Pero Ana, la menor de las cuatro, es la que más emocionada está. Desde que Evan y yo regresamos de California no ha parado de molestarme.

—¿Molestar cómo?

—Cada cierto tiempo venía y me preguntaba—:¿Ya hicieron a mi sobrino o qué onda ?. —Todos nos reímos, y Lucía negó con la cabeza, divertida—. Más insistente que una tía de pueblo en Navidad. Y cuando se nos escapó la noticia… bueno, más bien se me escapó a mí, Ana entró en modo fiesta.

—¿Cómo que se te escapó? —preguntó Emily con una risita.

—Estábamos en la sala, todos reunidos, ambos jugabamos yendo a la cocina. Y yo, sin pensar, dije algo como "se le ocurrió hacer ejercicio en plena madrugada, y casi me causa otro infarto. Esta vez dejando una nota como si no supiera que mi embarazo ya me tiene bastante preocupada…" . Mi mamá me volteó a ver como si acabara de confesar un crimen.

—Y desde entonces —agregó Evan con una sonrisa casi invisible—, sus padres se preocuparon más por mí. Otra vez.

—Es que sí lo hicieron —dijo Lucía, mirando a Evan con dulzura—. Se preguntaban si tú podrías con esto. Con una familia, con un hijo, con una vida nueva. Pero al mismo tiempo… sé que mi papá te respeta. Mucho más de lo que lo ha dicho en voz alta.

Emma asintió con los ojos brillando de emoción.

—Es que no todos podrían con algo así, ¿sabes? No como tú lo hiciste.

Evan no respondió. Solo bajó un poco la cabeza y asintió con suavidad.

Emily se había quedado viendo con una sonrisa traviesa la cabeza de Evan, como si acabara de notar algo curioso.

—Oigan… —dijo con una ceja levantada, conteniendo la risa—. ¿Siempre ha tenido tantas trencitas?

Yo también miré bien y noté cómo varios mechones de su cabello estaban trenzados con paciencia, algunas más sueltas, otras más apretadas, y en una incluso parecía haber un hilo de color entrelazado.

Lucía soltó una risita bajita, pero no dijo nada.

—¿No has pensado en cortártelo? —preguntó Emily, aún con una sonrisa inocente.

Pero antes de que Evan pudiera siquiera abrir la boca, Lucía le agarró el cabello con cuidado, como si protegiera un tesoro nacional.

—¡Ni se te ocurra darle esa idea! —dijo con fingida amenaza mientras lo jalaba levemente hacia ella—. Su cabello es precioso. A mí me encanta. Y además, Evan, tú sabes que si te lo cortas…

Evan soltó un suspiro, resignado.

—…no me vas a dejar elegir el nombre de Frijolito —terminó él por ella.

—Exacto —asintió Lucía, toda orgullosa.

Todos reímos, aunque yo vi que hablaba en serio. Lucía se veía dispuesta a presentar una demanda si alguien osaba acercarse con unas tijeras.

Emma, divertida, se inclinó hacia ellos con una sonrisa de picardía.

—¿Y ya están planeando el segundo?

Lucía y Evan se miraron por un segundo. Evan negó con la cabeza, con una sonrisa que se notaba divertida y nerviosa.

—Bromeamos con eso alguna vez —admitió él.

—¡Bromeamos mucho! —interrumpió Lucía rápidamente, alzando una mano como si pidiera la palabra—. Yo quiero un ejército de legumbres. Frijolito será el comandante. Vamos a tener a Garbancita, Lentejín, Habichuelo…

—Ya está haciendo lista —murmuró Evan con una risita cansada pero feliz.

—Y bueno —Lucía continuó como si nada—, tal vez en un futuro. No ahora, claro, no estamos tan locos… creo. Pero si hay un tercero, vamos a firmar un contrato.

—¿Contrato de qué? —preguntó Thomas, riendo.

—De quién cuida a quién —respondió Lucía con toda la seriedad del mundo—. O sea, si Frijolito cuida al segundo, y el segundo al tercero, o si el tercero se cuida solo porque yo ya estaré ocupada organizando los turnos de guardia. —Se llevó la mano al vientre sin darse cuenta—. Hay que planear con estrategia si uno quiere un batallón de legumbres.

—No, si ya lo tienen militarizado al pobre bebé —dijo Emma entre risas.

—Con razón Frijolito va a nacer sabiendo marchar —añadí.

Evan se recargó contra el respaldo de la silla, mirando a Lucía con ese tipo de mirada que solo alguien enamorado y acostumbrado a las locuras de su pareja puede dar. Entre orgullo, resignación y ternura.

—Lo peor es que habla en serio —murmuró él.

Lucía le guiñó un ojo y le revolvió un poco las trenzas.

—Obvio que hablo en serio. Así que ni se te ocurra cortarte el cabello. ¿Ya olvidaste la cláusula del contrato emocional que firmaste?

—¿Cuál de todas? —preguntó Evan, soltando una risa nasal.

—La que dice que mientras vivamos juntos, tú no tomas decisiones radicales de look sin aprobación del alto mando. O sea, yo.

Emily soltó una carcajada, al igual que Emma.

—Estás perdida, Evan —dijo Emma entre risas.

—Lo sé —respondió él con una sonrisa suave—. Pero felizmente perdido.

More Chapters