Ficool

Chapter 86 - La guerrera de marfil

El sol comenzaba a hundirse tras las nubes negras, y sobre la ciudad de Trimbel caía un crepúsculo extraño, pesado, como presagio de algo inevitable. El aire se cargaba de humedad y ozono. Truenos rugían en la distancia, iluminando fugazmente el cielo mientras relámpagos se retorcían como serpientes de fuego.

En la plataforma central del coliseo, Arthur estaba de pie, inmóvil, la mirada fija en su próxima rival.

Frente a él, una figura envuelta en armadura marfil permanecía firme, casi estatuaria. Los últimos destellos del sol se reflejaban en la lanza de doble filo que sostenía con una precisión letal. A través de las estrechas rendijas de su casco, unos ojos verdes, fríos como jade, lo observaban sin titubear.

Arthur forzó una sonrisa y, con una ligera inclinación, habló:

—Mi nombre es Arthur. Será un placer tener este duelo contigo.

La guerrera pareció sorprenderse por un instante; apenas fue un parpadeo, pero lo notó. Contestó con voz firme, cortante:

—Soy Misal.

En el palco, Lunira también frunció el ceño por un momento, sorprendida por la actitud del joven. Fue un destello, casi imperceptible.

Arthur había comprendido, observando los combates anteriores, que el respeto distinguía a los humanos de las bestias. Sin embargo, desconocía que en el mundo pugilista esa cortesía rara vez se extendía hacia las mujeres. Ellas eran subestimadas, vistas como inferiores, y Misal estaba allí para demostrar lo contrario.

La multitud rugía dividida. Algunos gritaban por Arthur, otros coreaban el nombre de Misal. En la plataforma, el juez alzó el brazo. El murmullo se apagó.

—¡Comiencen! —tronó su voz.

Arthur desapareció en un destello: Camino Veloz. Sus piernas surcaron el suelo con un zumbido eléctrico, dejando rastros de luz sobre las losas. A cinco metros de Misal, lanzó una pequeña esfera metálica; el humo de la explosión cubrió la plataforma en un velo gris. Paso Sombrío: en un parpadeo, estaba detrás de ella.

Una patada descendió como un martillo. Misal logró interponer su lanza, pero la fuerza del impacto la arrastró varios metros. Su bota raspó el suelo hasta que la punta de la lanza se clavó como ancla, frenando el impulso. Apenas se incorporó, Arthur ya estaba sobre ella con otro golpe dirigido al pecho. Esta vez, la patada impactó de lleno.

El casco de Misal se manchó de sangre. Cayó sobre una rodilla, respirando con dificultad.

Arthur retrocedió unos pasos, sintiendo el ardor en sus piernas. La piel comenzaba a agrietarse, y la sangre resbalaba tibia por sus cortes. Necesito acabar rápido… o perderé.

Entonces, el aire cambió.

Una aura densa y salvaje estalló alrededor de Misal, concentrándose en su muslo derecho. Un símbolo en forma de media luna brilló bajo la armadura, irradiando un poder latente. La guerrera se irguió, apuntando su lanza hacia Arthur, y gritó:

—¡Habilidad activa: Lanza Espiral!

El aire comenzó a girar en un torbellino cortante que azotaba la piel. La presión era tal que incluso los más cercanos en las gradas contuvieron la respiración. Misal bajó la voz a un susurro casi inaudible:

—Danza Espacial.

Y desapareció.

Arthur apenas parpadeó, y Misal ya estaba frente a él. La lanza atravesó su hombro izquierdo, abriendo un agujero sangriento del tamaño de un puño. La sangre brotó en un chorro oscuro que salpicó las losas de la plataforma.

El joven filósofo apretó los dientes con tanta fuerza que casi los partió. No… no gritaré.

Pero Misal no se detuvo. La lanza volvió a danzar y, con un movimiento limpio, perforó su pierna izquierda. Arthur cayó sobre una rodilla, jadeando, la visión borrosa.

Activó Camino Veloz y retrocedió, pero ella lo seguía como una sombra depredadora.

No quiere matarme… —comprendió Arthur mientras intentaba estabilizar su respiración— …quiere que me rinda.

Reuniendo el último aliento de maná que le quedaba, ejecutó Paso Sombrío una vez más. Su figura surgió detrás de Misal. Todo su poder, toda su rabia, toda su resistencia se condensaron en una última patada. El impacto cortó el aire con un silbido mortal.

La joven bloqueó con su lanza, pero la fuerza la obligó a retroceder. Aun así, su contraataque fue tan rápido como letal: un corte diagonal que rasgó el pecho de Arthur y lo lanzó al suelo como un muñeco roto.

Desde un tejado cercano, una carcajada desentonó con la tensión del combate.

—¡Kakakak! —el Lich observaba con deleite, apoyado en su bastón—. No pensé que te vería recibir tal paliza de una señorita, joven filósofo. ¡Kakakak!

Su risa resonó como un mal presagio, helando la sangre de quienes lo escuchaban.

Arthur yacía sobre el suelo, con la mirada perdida en el cielo gris. Las nubes parecían descender sobre él, pesadas, aplastando su espíritu. Quiero seguir… pero no puedo. Y aun así, aceptar la derrota dolía más que las heridas.

Lentamente, alzó la voz:

—Me rindo.

El juez levantó la mano.

—¡La ganadora es la número 2!

Misal lo miró por un instante, pero no dijo nada. Dio media vuelta y se retiró con pasos firmes.

Arthur, tambaleante, abandonó la plataforma. Mientras caminaba, sintió miradas que lo atravesaban desde un rincón. Dos encapuchados lo observaban en silencio, con sonrisas torcidas. Algo en sus ojos le advirtió que aquel encuentro no había terminado.

La oscuridad cubrió Trimbel. Los faroles se encendieron, iluminando el coliseo mientras los combates finales del día llegaban a su fin. El murmullo de la multitud se mezclaba con el silbido del viento y el retumbar de los truenos.

Arthur, agotado y sangrante, se obligó a continuar. Tenía dos combates más, y debía ganarlos si quería avanzar.

En el tercero, la suerte lo favoreció: su rival fue descalificado por incapacidad. Victoria automática.

Los nombres que más resonaban entre el público eran los de los combatientes más prometedores: el joven del clan Tao, Lanze, Thoran, los dos encapuchados, Tirmuk… todos acumulaban victorias y avanzaban con fuerza.

Llegó su último combate. Arthur apenas podía mantenerse en pie, pero activó Paso Sombrío y lanzó una patada directa a la cabeza de su oponente. El impacto dejó inconsciente al rival… y también a él.

Arthur ganó, pero su pierna quedó destrozada.

El director del torneo se levantó en el palco, con voz solemne:

—Con esto damos por terminada esta fase del torneo de ingreso a la academia. Mañana se enfrentarán los mejores veinte. También conoceremos quiénes ingresan a la academia… y quiénes disputarán la gran final.

La multitud estalló en vítores. Poco a poco, las gradas se fueron vaciando, y el murmullo se disipó entre el eco de la tormenta.

Arthur salió del coliseo cojeando, con el Lich sobre el hombro. La ciudad de Trimbel lo recibió con faroles encendidos y calles mojadas. Mientras avanzaban hacia la posada, el Lich hablaba y reía, pero Arthur guardaba silencio.

Mañana será el día decisivo… pensó el joven filósofo, con la mirada fija en la lluvia.

Fin del capítulo.

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